A veces, somos muy sensibles a la opinión de los demás, sobretodo a la de aquellos que son importantes para nosotros. Entonces ¡cuántas energías gastamos en cuidar nuestra imagen! Esa imagen que queremos que los otros tengan de nosotros. Es una suerte de personaje que nos creamos a partir de lo que quisiéramos ser, o a partir de lo que hemos visto y admiramos en otros y que creemos que es la causa de su éxito, o de lo que es socialmente correcto y aceptado.
No siempre tomamos conciencia de esto que nos ocurre. Pero si prestamos atención a la vida de familia, de trabajo, de relaciones, podemos constatar que muchas veces cuidamos lo que decimos, lo que hacemos, o estamos pendientes de la reacción de los otros sobre nosotros. Tratamos de saber lo que les gusta o de adivinar lo que nos parece que esperan de nosotros, o de decir lo que creemos que quieren oír de nuestra parte. Esto nos pone en referencia a ellos. El otro es el importante y hay que ganárselo. Como que nuestra existencia dependiera de la aceptación de: el jefe, la pareja, el amigo, tal grupo, la opinión pública.
Es así como podemos haber creado muchos personajes y entonces, nos vivimos parcelados: se es jefe, se es papá, se es amigo. Para cada uno de esos roles nos podemos vivir a partir de la imagen que queremos dar. Puede que esto, aparentemente, resulte. Pero, probablemente, se comience a sentir una sensación de soledad interior, de cansancio… Nunca se puede ser tranquilamente ante el otro. Está siempre presente la sensación de temor al preguntarme: si dejo de ser lo que aparento o lo que hago, ¿me van a seguir respetando, aceptando, admirando, queriendo? Es sin duda una buena pregunta, porque cuando uno se relaciona con alguien que está en “su personaje”, se tiene la impresión de estar ante una fachada, cuesta sentir al ser de carne y hueso que está detrás. La espontaneidad, la intimidad se ven impedidas y la confianza en la relación no se establece. Uno se relaciona con el personaje, con el rol. Cuando deja de cumplirlo, se acabó la relación porque de hecho, nunca la hubo.
A partir de esa inquietud interior, se pueden duplicar los esfuerzos por cumplir con el o los personajes auto impuestos. Si se es eficiente en ellos y hay resultados, lo más probable es que me olvide de la sensación de inseguridad alguna vez sentida. Y es comprensible, porque para poder vivir mi personaje, estoy, sin duda, viviendo cualidades, aptitudes, destrezas que corresponden a lo que soy en realidad. También se pueden mezclar sentimientos altruistas: lo estoy dando todo por el bienestar de mi familia, de mi grupo, de la patria. Así mismo, se ve saciado el sentido del deber y el gusto por el perfeccionismo. Se entra así, en una espiral que es mezcla de satisfacción y agotamiento pues el afán por superarse y tener más éxito, lo pueden llevar a sobrepasar sus fuerzas, y a sentir como un gran peso todas las actividades en que se ha comprometido. Ya se ha perdido el gusto por lo que se hace, o se puede llegar a perderlo.
Cuando, por alguna razón, se tiene un fracaso y/o se pierde todo, trabajo, amigos, se siente, a veces, que la gente es muy mal agradecida: uno se esforzó tanto por hacer las cosas bien, se sacrificó, lo dio todo y le pagan tan mal. La verdad es que uno cosecha lo que sembró. Y si uno se escucha con detención se da cuenta que todo lo que digo que hice por los otros, en gran parte le hice por mí. Alivia darse cuenta que necesito ser querido, admirado y aceptado.
Ayuda volver sobre uno mismo, buscar reconocerse y apreciar todo lo bueno que poseo. Aprender a quererme y a valorarme, sin hacerlo a través del espejo de los otros. Comenzar a intentar ser yo mismo en las relaciones y en el trabajo, mostrándome en mis necesidades, e incluso, en mis aspectos vulnerables. Hacer las cosas desde lo mejor de mí y apoyado en mis motivaciones profundas.
Este camino no es fácil. Siempre estará latente en nosotros el miedo a mostrarme, a ser yo mismo en lo que hago. Habrá que ir, en algún momento, a buscar en el pasado las raíces de este mal funcionamiento. Es probable que me haya faltado la aceptación gratuita de los adultos importantes para mí… o yo sentí que molestaba… o me comparé con algún hermano más capaz y reconocido… Nuestra existencia depende de la aceptación de los otros, pues esto es vital cuando llegamos a la vida. Después, de adulto, me corresponde a mí darme esa aceptación y ese reconocimiento a partir de lo que de verdad he llegado a ser. Si yo no me encuentro querible y no me valoro, jamás voy a creer en el amor y en la valoración que los otros me dan.
En mi camino de búsqueda interior probablemente encontraré mucho más de lo que creía tener; puesto que había descuidado un buen número de mis capacidades y habilidades. Podré desarrollar la capacidad de escuchar mis intuiciones e invitaciones interiores y podré ir encontrando lo que da sentido a mi vida. Vale la pena buscar la armonía interior y desarrollar la capacidad de ser libre y auténtico ante mí y en mis relaciones.
Yo he notado que cumplo ...
Yo he notado que cumplo el papel de 3 personajes extras en mi vida (cual de los tres más falsos XD).